miércoles, 28 de octubre de 2009

REVOLUCIÓN DARWINIANA versus TEORIAS CREACIONISTAS

1. Teorías pre-darwinianas de la evolución.

La teoría que subyace al Origen de las Especies no fue solamente la culminación de un mero proceso inductivo a partir de los datos empíricos observados por Charles Darwin en el viaje del Beagle a las islas Galápagos; sin embargo, este viaje significaría el acontecimiento más importante de su vida y su efectiva conversión al evolucionismo. Darwin se sirvió de un gran cúmulo de influencias sobre las teorías precedentes de la evolución, a partir de las cuales, logró sintetizar un modelo único explicativo del origen de las especies. Los biólogos de la época moderna anteriores a Darwin dedicaron grandes esfuerzos en la realización de una clasificación que englobara a todas las criaturas orgánicas conocidas hasta entonces, bien a través del análisis de algunas características como, por ejemplo, la naturaleza de los órganos reproductivos, o bien, tratando de reunir las diversas variedades orgánicas en familias naturales en base a una supuesta continuidad inducida a partir del análisis de las características observadas en la inmensa multiplicidad de organismos vivos. De esta manera, se llegaron a establecer diferentes sistemas de clasificación como, por ejemplo, el propuesto por Andrea Cesalpino en el siglo XVI, y seguido posteriormente por Carl Linneo en el siglo XVIII, con el objetivo de sentar las bases para una ordenación de las plantas en diferentes familias. Estos sistemas tan sólo requerían el examen de uno o dos órganos de cada especie, las raíces y los frutos; un sistema que, en definitiva, resultaba atractivo no sólo por disponer de una justificación metafísica a partir de la idea de que las especies formaban una escala gradual de seres, sino también porque era un sistema simple y muy útil en la práctica.
No obstante, a pesar de estos esfuerzos, los biólogos de la época moderna no se ponían de acuerdo a la hora de establecer un sistema de clasificación que utilizase criterios taxonómicos eficaces con los que poder identificar a todas y cada una de las criaturas orgánicas que se iban descubriendo. En medio de esta controversia, utilizaban dos tipos diferentes de técnicas clasificatorias: las técnicas artificiales por un lado, y las técnicas naturales por otro. Ambas técnicas dieron lugar a los sistemas artificiales y a los sistemas naturales. Los sistemas artificiales trataban de clasificar las especies orgánicas en grupos discontinuos y bien acotados mediante el análisis de unas pocas e incluso una única característica, como el sistema propuesto por Cesalpino. Por otro lado, los sistemas naturales pretendían reunir las distintas especies orgánicas en familias naturales analizando tantas características como fuera posible con la finalidad de establecer algún tipo de afinidad dentro de cada una de ellas. Estos sistemas contaban con la ventaja de que podían reflejar, en mayor medida, las afinidades objetivas de las distintas especies, pero también, con el inconveniente de que exigía un análisis más complejo y exhaustivo de todos los órganos y caracteres posibles, lo que dio origen al surgimiento de otro problema decisivo, de orden jerárquico, que consistía en decidir cuáles eran las características esenciales y cuáles las subordinadas. Estas controversias entrañaban un cierto grado de arbitrariedad y suscitaban grandes dudas a la hora de decidir si el sistema era natural, o bien artificial, y a la postre traería consigo fuertes reacciones contrarias al establecimiento de un sistema clasificatorio. En este sentido, Georges Buffon, en el siglo XVIII, llegó a afirmar que todas las clasificaciones artificiales eran un error metafísico, pues opinaba que no había clases, ordenes, géneros ni especies discontinuas, ya que estas categorías eran puras creaciones de la mente humana completamente artificiales y, en consecuencia, en nada podían reflejar la realidad natural. Para Buffon, en la naturaleza no había más que organismos individuales con pequeñas y continuas gradaciones entre ellos, llegando a conjeturar que las actuales especies diferenciadas podrían haber descendido de un antepasado común. De esta manera, Buffon sustituyó la taxonomía sistemática por una imagen continua de las criaturas, retomando con ello la idea aristotélica de la gran cadena del Ser; visión de la naturaleza que ya había sido empleada por Leibniz en su sistema metafísico y que había suscitado un profundo arraigo en la conciencia intelectual de la época. La gran cadena del Ser, o escala gradual de la naturaleza, era una progresión jerárquica en la que se ordenaban de forma lineal todas las criaturas, desde la más simple hasta la más compleja, llegando a constituir una cadena continua, completa y perfecta, en la que no podía haber huecos sin producir merma en la perfección del Ser. Esta teoría evolucionista chocaba con el espíritu intelectual de la época, pues la mayoría de los biólogos, influidos por la tradición cristiana, pensaban que las especies, inexorablemente, tenían que haberse mantenido fijas y constantes desde la Creación. En este sentido, opinaban que cualquier cambio, si era degenerativo disminuía la perfección del mundo y si era regenerativo significaba que la Creación en su origen no había alcanzado la máxima perfección, propia de un plan divino ( el corolario final, en este caso, era la hipótesis de un Creador no omnipotente, incapaz de realizar una Obra perfecta, o bien la hipótesis de un Creador cuya voluntad entraba en contradicción con una supuesta bondad infinita); ambas ideas venían a socavar las verdades de las Sagradas Escrituras y no podían admitirse sin entrar en contradicción con la tradición cristiana. Cualquier tipo de evolución o cambio, inevitablemente, disminuiría la perfección del mundo dejando huecos o duplicando escalones en la gran cadena del Ser en la que no podía quedar excluida criatura alguna. La idea de Leibniz de que habitamos el mejor de los mundos posibles entrañaba asimismo que ninguna de las especies orgánicas podría haber degenerado o haberse extinguido sin mermar la belleza y perfección del plan divino. La teoría evolucionista de Buffon era contraria a las teorías modernas posteriores, pues no postulaba la idea de que el grado de complejidad y perfección de los organismos había ido en aumento con el paso del tiempo, sino que, por el contrario, suponía que el mayor grado de perfección se encontraba en el origen de la Creación y las especies habían ido degenerando posteriomente. Buffon la describió como una escala de degradación descendente, con el hombre, como forma más compleja y de más alto grado de perfección orgánica, en la cúspide; y las formas más simples y degeneradas en la base. Esta idea, ya postulada por Platón, fue aprovechada por Buffon y sustentada en la doctrina del pecado original y la caída del Hombre: la especie humana cargaría con la pesada carga de haber sido responsable de todas las imperfecciones de este mundo.
Algunos filósofos, como Voltaire, Jean Baptiste Robinet y Charles Bonnet intentaron armonizar las ideas de progreso y cambio con la idea de la gran cadena del Ser. Voltaire llegó a cuestionar la idea aristotélica de que las especies podían ordenarse en una escala lineal y estática; por el contrario, rescatando la idea de progreso de las teorías presocráticas de la evolución, llegó a concebir la gran cadena del Ser, no como una jerarquía estática de especies, sino como una escala de descendencia por la que las especies habrían evolucionado a lo largo del tiempo. En la misma trayectoria y en sintonía con Voltaire, Robinet sostenía, por su parte, que las especies orgánicas formaban una escala lineal de criaturas plena y completa, sin haber dejado ningún resquicio ni duplicado los peldaños, en base a una especie de energía interna autodiferenciadora que constituía el fuego espiritual inmanente, al igual que el alma humana. Robinet suponía, influenciado por la teoría de las semillas de Anaxágoras, que las características del ser humano estaban presentes en forma germinal a lo largo de toda la escala de criaturas, existiendo vida y alma en el trozo más informe de materia, incluso en los átomos fundamentales del universo. En consecuencia, la materia inorgánica podía engendrar seres vivos por generación espontánea, puesto que, a priori, estaba llena de vida. Bonnet desarrolló otra teoría de la evolución basada en la idea de la preformación, según la cual, las hembras de todas las especies contenían en su interior todas las generaciones futuras, siendo éstas fijas para siempre: todos los embriones futuros, según esta teoría, están preformados dentro de la madre. Esta idea podía, y de hecho lo hacía, explicar el renacimiento de las especies después de acaecer una catástrofe total, al estilo del diluvio universal, en la que los cuerpos de todas las criaturas vivas se destruían. En estas catástrofes, según Bonnet, los gérmenes de las generaciones futuras sobrevivían y resucitaban una vez que la catástrofe había finalizado, con la peculiaridad de que las nuevas especies se hallaban en un peldaño superior en la escala de los seres; es decir, habían ascendido un escalafón en la jerarquía de la gran cadena del Ser. Por tanto, mientras Robinet observaba la evolución como un ascenso continuo por la escala de las criaturas, Bonnet concebía el cambio orgánico como el efecto de una vasta mutación catastrófica. Ambas ideas, sin embargo, respondían a una concepción secularizada de una supuesta planificación divina.
A principios del siglo XIX, Jean Baptiste Lamarck, retomando la teoría de la evolución orgánica continua de Robinet, al principio se resistía a admitir que la gran escala del Ser fuese imperfecta. Se negaba a creer que hubiera habido extinciones de especies, pues ello hubiera dado lugar a huecos o eslabones perdidos en la gran cadena de las criaturas vivas de la tierra. No obstante, los biólogos de su época reconocían en sus observaciones que estos huecos aparecían entre algunas especies, pero Lamarck daba por supuesto que estas criaturas, en realidad, existían y correspondían a especies aún por descubrir. Posteriormente y en base a la observación de los hechos zoológicos conocidos en su época, llegó a reconocer que la escala de los seres no era del todo continua, aduciendo entonces su doctrina de la herencia de los caracteres adquiridos para explicar las anomalías producidas en la escala lineal por la influencia del medio. En este sentido, Lamarck estipulaba que los caracteres adquiridos por los organismos eran el efecto producido por causas ambientales de dos tipos. En primer lugar, en los organismos vivos suceden cambios que son inducidos por el medio ambiente y llegan a originar variaciones en los hábitos de los animales, provocando un mayor o menor uso de los órganos afectados, los cuales se transmiten por medio de la herencia genética a las nuevas generaciones y dan origen a cambios permanentes en la especie. De esta manera, podría explicarse cómo las jirafas habían desarrollado el cuello largo al intentar alcanzar las hojas de los árboles altos; y cómo los murciélagos habían desarrollado un sistema especial de orientación al perder la visión por su larga permanencia en ambientes de extrema oscuridad; o bien, cómo los topos habían perdido, al igual que los murciélagos, el uso de los ojos por habitar bajo tierra durante muchas generaciones. En segundo lugar, la acción directa del medio ambiente podía producir cambios o mutilaciones accidentales no hereditarias en algunas criaturas que, si bien no se transmitían genéticamente, sí podían incidir en las condiciones de existencia de los individuos afectados (por ejemplo no pudiendo emigrar en busca de habitats más idóneos), provocando, con ello, diferentes divergencias o cambios en las líneas evolutivas que, a la postre, llegarían a conformar un nuevo árbol genealógico.
La teoría de Lamarck rompía con el esquema de evolución degenerativa de sus predecesores, según el cual, en el origen, el hombre seguido de los animales superiores iniciaba una línea descendente de complejidad y desarrollo a lo largo de la gran escala del Ser. Lamarck, por el contrario, se propuso realizar una clasificación según pensaba que sería el orden real de la naturaleza, comenzando por los organismos más sencillos y avanzando hacia las criaturas superiores. El criterio que utilizó con fines clasificatorios fue la estructura del sistema nervioso, ya que, en función de esta estructura, se desarrollaban las facultades animales, siendo éstas más elevadas cuanto mayor era la complejidad observada, de tal manera que el hombre aparecía en el último eslabón de la cadena culminando el proceso evolutivo. Lamarck explicó la evolución de las especies a partir del calor y la electricidad, siendo éstas las fuerzas rectoras que habían conducido al desarrollo de todos los organismos: al principio, en los organismos más simples, el aporte del calor y la electricidad necesarios para mantenerse vivos y llevarlos a formas superiores de existencia procedía directamente del entorno, de modo que tales criaturas eran gobernadas por factores externos. Pero a medida que se ascendía en la cadena de las criaturas y los organismos se hacían más complejos, éstos llegaban a desarrollar su propia fuente de calor y electricidad, generando con ello su propia fuerza evolutiva de forma automantenida y autodeterminada hasta la aparición de los primeros seres humanos. En este sentido, el organismo generaba sus propias fuerzas rectoras cada vez en mayor grado hasta alcanzar su máxima expresión en la humanidad. En este último estadio evolutivo, si bien el medio determinaba hasta cierto punto las acciones humanas, el hombre era la única criatura que, alcanzando la libertad, poseía el dominio sobre su entorno por medio del intelecto.
Todas estas teorías formaban parte del acervo intelectual en el que se encontraba Darwin cuando hizo pública su teoría de la evolución en El origen de las especies . La idea fundamental que subyacía a estas teorías pre-darwinianas era la aceptación de un sencillo creacionismo de carácter teleológico cuya finalidad última era la aparición del hombre, pues las teorías de la herencia de los caracteres adquiridos y la adaptación de cada especie a su entorno servían de argumentos para probar la existencia de un Demiurgo sabio y benevolente en cuya obra creadora adquiría una decisiva centralidad la figura humana. Sin embargo, también existían voces radicales contrarias al creacionismo que estaban dispuestas a explotar las ideas materialistas de la evolución natural: si el transmutacionismo era la ley que timoneaba la evolución natural de las especies entonces los humanos no eran más que animales altamente evolucionados, idea que pretendía socavar la creencia en el alma humana y la consecuente obligación de mantener el orden social existente derivado de las verdades reveladas por Dios. El evolucionismo radical-materialista, apoyado en las teorías de Lamarck, defendía la tesis de que los primeros seres vivos habían aparecido por generación espontánea, es decir, mediante una transición natural de la materia inerte a la materia viva y también defendían la idea lamarckiana de un curso lineal y progresivo en el que las formas más complejas de vida habían surgido de las formas más simples a través de una escala o jerarquía de complejidad hasta la aparición de la raza humana. Para los pensadores conservadores del siglo XIX, las ideas del evolucionismo materialista socavaban las ideas morales del cristianismo y consideraban que eran transmisoras de un materialismo ético cuya finalidad consistía en perseguir la destrucción del orden moral establecido y los fundamentos en los cuales se sustentaba la sociedad victoriana de la época. En consecuencia, los pensadores conservadores llegaron a reaccionar contra el evolucionismo, sosteniendo la idea de que la transmutación de las especies no podía ser explicada como un proceso natural capaz de generar estructuras orgánicas complejas: defendieron la idea de un creacionismo reaccionario, soslayando las pruebas empíricas representadas por los restos de la memoria fósil. Los pensadores creacionistas sostenían la idea de que todas las especies eran el resultado de un acto original de creación divina; sin embargo, esta idea entraba en contradicción con los restos fósiles hallados, los cuales mostraban que debía de haber habido series enteras de poblaciones sustituyéndose unas a otras a medida que las anteriores se extinguían. En consecuencia, los pensadores creacionistas se veían obligados a admitir, si no querían negar la memoria fósil, que el Creador había tenido que actuar una y otra vez para repoblar la tierra tras la extinción de las criaturas primitivas; semejante idea, sin embargo, era muy difícil de sintonizar con las verdades reveladas por Dios en las Sagradas Escrituras, las cuales eran, en última instancia, en las que se apoyaban.
Otros pensadores, como Robert Chambers, compaginaron ambas teorías combinando un evolucionismo moderado con el creacionismo tradicional que tan arraigado estaba en los diferentes estratos sociales. Según Chambers, el curso progresivo de la evolución podía ser entendido como el desarrollo de un plan divino de creación continua: Dios, haciendo gala de su omnipotencia, había establecido las leyes del desarrollo sucesivo de las especies desde el surgimiento de las primeras formas de vida hasta la aparición del ser humano. Con estas ideas, Chambers modernizaba la vieja teología y presentaba al hombre, no como un acto directo de creación divina, sino como el resultado culminante de todo el desarrollo natural. De esta manera, podía aceptarse un evolucionismo moderado, desligado del evolucionismo radical-materialista, en el que la providencia aún desempeñaba un papel fundamental.

2. La revolución darwiniana.

Como hemos señalado en el apartado anterior, el paradigma del evolucionismo estaba representado por la idea de un Creador que había establecido las leyes que gobiernan la reproducción con el objetivo de mantener una sucesión lineal de estructuras orgánicas en orden ascendente de complejidad. La finalidad de la gran cadena del Ser sería la aparición del hombre en el último estadio evolutivo. Darwin, si bien al principio compartía las ideas teleológicas de sus predecesores, más tarde, dio un giro en su pensamiento al considerar que la lucha por la existencia en un ambiente perturbado podía producir azar o variación no dirigida, alterando, en consecuencia, el desarrollo evolutivo. Por tanto, el giro darwiniano entrañaba la sustitución del modelo lineal tradicional de la gran cadena del Ser por un modelo arborescente abierto a una multiplicidad de líneas evolutivas divergentes. En este nuevo modelo, las especies que son semejantes participan de un ancestro común, pero el proceso es irregular, azaroso e impredecible, ya que está sujeto a factores indefinidos en el medio ambiente que pueden provocar emigraciones y adaptaciones imprevisibles de las especies en el curso de su historia. En definitiva, la evolución adaptativa divergente no era teleológica sino producto del azar. Y los factores simultáneos que intervenían en su desarrollo, lejos de estar supervisados por la providencia, eran los siguientes: en primer lugar, la selección natural se encargaría de acrisolar a los individuos, seleccionando a aquéllos que mejor se adaptasen a las nuevas condiciones ambientales provocadas por las fuerzas geológicas; y , en segundo lugar, la lucha por la existencia, en un escenario donde los recursos son limitados e insuficientes para mantener a todos los individuos, ello debido a la tendencia de todas las especies a superreproducirse, exigiría un alto nivel de competencia por los recursos e impediría, a la vez, una situación estable de perfecta adaptación en la que no pudieran surgir posteriores modificaciones. Por tanto, la selección natural junto a la lucha por los recursos se convierten, en la teoría de Darwin, en las fuerzas motrices de un proceso evolutivo divergente, adaptativo, azaroso y continuo que sucede mediante la aplicación rígida de la ley natural en la que ya no hay cabida para la acción de una hipotética providencia divina que dirigiera su desarrollo.
En los años subsiguientes a la publicación de El origen de las especies una gran mayoría de biólogos y pensadores, entre los que destacan Joseph Dalton Hooker, Thomas Henry Huxley, Alfred Russel Wallace y Herbert Spencer, se convirtieron en grandes defensores de la teoría evolucionista de Darwin, dando lugar a un movimiento científico y cultural definido, más tarde, como la revolución darwiniana, y que tendría decisivas influencias en el desarrollo de los cambios sociales que se estaban produciendo en la Inglaterra de finales del siglo XIX. Las teorías de Darwin desempeñaron un papel catalizador en la vida intelectual victoriana que reflejaba el avance de la modernidad y el progreso social que la sociedad británica estaba experimentando. De hecho, el progreso social era entendido como un apéndice de la evolución natural cuyo desarrollo exigía la inexorable sustitución de las ya trasnochadas relaciones e instituciones sociales por otras más avanzadas: el progreso social como resultado de la ley natural era inevitable. En este sentido, la acción de la ley natural provocaba un proceso transformador tanto en la naturaleza como en la sociedad. Sin embargo, las implicaciones materialistas del evolucionismo unidas a la ideología liberal propiciaban el desarrollo de un capitalismo feroz y la aplicación de una política de “laissez faire” despiadada en la que los individuos no adaptados estaban condenados a desaparecer en nombre del progreso. Los ideólogos liberales estaban convencidos de que la evolución social entrañaba un progreso inevitable hacia una meta moral más alta, pues, según la teoría evolucionista de El origen del hombre, las más altas facultades de la humanidad se habrían originado como instintos desarrollados por la evolución para poder adaptarnos a la vida en grupos sociales. Según Darwin, los instintos morales habrían aparecido porque resultaban ser útiles para el desarrollo de la humanidad. Estas ideas hicieron mella en el pensamiento social de Spencer, cuya filosofía evolucionista entendía el progreso como una consecuencia automática de la lucha de los individuos por adaptarse a su medio ambiente social. En este acervo intelectual darwiniano, la lucha por la existencia era glorificada como el medio a través del cual los individuos más capacitados dirigían el curso del progreso. Fundamentado en el nuevo evolucionismo, el éxito era el criterio ensalzado para dirigir los derroteros de la evolución social en un mundo gobernado exclusivamente por la selección natural. Sin embargo, estas ideas se deslindaban de la filosofía de Darwin, ya que él nunca contempló en su teoría los fundamentos de una competencia ilimitada capaz de dirigir el curso de los procesos sociales. Como señala Peter J. Bowler : “ En el Origen del hombre Darwin observó que las naciones civilizadas habían burlado la capacidad de la selección natural para eliminar lo desadaptado mediante la institución de la asistencia pública, los cuidados médicos y otras formas de ayudar a los desamparados”. En realidad, los instintos sociales y morales habían sido establecidos por selección natural, pero no para promover la pura crueldad, sino para desarrollar la cooperación y la moralidad entre los hombres. Por tanto, lejos de compartir la idea del evolucionismo social de “laissez-faire” de Spencer a favor de un individualismo radical según el cual el sufrimiento de los desadaptados era una violencia necesaria destinada a eliminar los caracteres inadecuados en las generaciones futuras, Darwin contemplaba la idea de que el sufrimiento de los desadaptados era algo que debía ser evitado en base a los instintos morales con los que nos había dotado la evolución.


3. La reacción contra la teoría darwiniana de la evolución.

Paralelamente al inicio de la revolución darwiniana surgieron oponentes reaccionarios deseosos de resaltar los corolarios teológicos y morales que se desprendían de las nuevas teorías evolucionistas. La ausencia de participación de la providencia en el desarrollo de un proceso evolutivo azaroso e impredecible suponía un desafío a la creencia de que el desarrollo de la vida posee una estructura que revela un plan divino subyacente. Según los pensadores conservadores de la época victoriana, la defensa de una teoría de la evolución en la que la selección natural es el resultado de variaciones azarosas producidas por factores ambientales suponía caer en un materialismo puro enfrentado, de manera inevitable, a las creencias religiosas tradicionales.
Los defensores del evolucionismo teísta ponían el universo bajo control divino, considerando inaceptable la selección natural como medio de control, ya que de ella se desprendía la idea de que el sufrimiento era un perfil necesario del mundo: los desadaptados, inexorablemente, estaban condenados a perecer. Por tanto, la evolución no podía ser un proceso gobernado, de manera azarosa, únicamente por la ley natural. La fuerza activa de la evolución, según el evolucionismo teísta, debía conducir a las especies en una dirección predeterminada por Dios con la finalidad de crear al hombre. Así, llegaron a adoptar la teoría de la ortogénesis, según la cual, los cambios de la evolución no son respuestas adaptativas a los cambios del medio, sino cambios dirigidos de forma rígidamente predeterminada por la constitución genética de las especies: el viejo mecanismo de Lamarck de la herencia de los caracteres adquiridos volvía a entrar en escena como alternativa a la selección natural de Darwin. En sintonía con las ideas lamarckianas, Samuel Butler, por su parte, defendió la tesis de que la herencia de los caracteres adquiridos reconciliaba el evolucionismo con la teología natural. Las variaciones azarosas de la selección natural eran incompatibles con un proceso teleológico gobernado por el Creador cuya finalidad era la aparición del hombre. Pero, si los animales pueden controlar su propia evolución cambiando de hábitos para poder adaptarse a los cambios que le impone el medio, tal y como propone la teoría de la herencia de los caracteres adquiridos, entonces es posible contemplar la conducta finalista de las criaturas como la expresión inmanente de una Mente creadora que ha delegado su poder creador a través de la naturaleza.
Sin embargo, a pesar de estas controversias entre darwinistas y lamarckianos, nunca existió un conflicto directo entre la ciencia y la religión; el evolucionismo finalmente resultó ser permeable al pensamiento tanto de los liberales como de los conservadores los cuales modelaron las ideas evolucionistas según sus propios gustos e intereses.
Lecturas recomendadas:
Charles Darwin: - El origen de las especies.
- El origen del hombre.
Peter J. Bowler: - Charles Darwin. El hombre y su influencia.
Thomas L. Hankins: - Ciencia e Ilustración
Stephen F. Mason: - Historia de las ciencias.





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