viernes, 19 de noviembre de 2010

LA RACIONALIDAD DE LA POSTMODERNIDAD

En la actualidad, la postmodernidad constituye el momento álgido en el que se desarrolla una especie de dispersión de la razón moderna, donde racionalidad y sujeto son objeto de un movimiento de des-construcción y desmantelamiento de sus estructuras totalizantes. La crisis de la racionalidad moderna junto a la ausencia de fundamentos que avalen un potencial regreso a un tipo de racionalidad pre-moderna que pudiera sustituir a aquella traen como consecuencia la búsqueda de una nueva racionalidad pensada desde la contemporaneidad que nos constituye. En las tesis pre-modernas (Bell, MacIntyre, Milbank, etc.) se da la paradoja de que si, por un lado se acepta el fracaso y el rechazo de la racionalidad moderna, por otro lado, se recurre a un tipo de racionalidad cuyo fracaso quedó demostrado con el advenimiento de la Ilustración. Desde esta perspectiva, en rigor, las tesis reformistas (Habermas, Giddens, Jameson, Bauman, etc.) presentan una coherencia más sólida que las tesis pre-modernas, pues si la razón ha entrado en crisis, esto no implica que los ideales de la Ilustración hayan muerto, sino, en todo caso, que la racionalidad utilizada no ha sido la adecuada. Se necesitaría, por tanto, la puesta en marcha de un proceso de crítica sistemática de la razón moderna que sea capaz de recuperar las ilusiones perdidas de la Ilustración. En este sentido, mientras el reformista Jürgen Habermas apuesta por un modelo de racionalidad sustantiva amparada bajo los auspicios de la acción comunicativa, los pensadores postmodernos reclaman un modelo de racionalidad formal que permita el libre juego de las diferencias. Desde este nuevo horizonte, Frederic Jameson observa, en el rechazo postmoderno de la razón ilustrada, la posibilidad de un concepto nuevo de totalidad basado en el respeto de las diferencias. Esta noción no negaría simplemente la razón totalizante y su sujeto, sino que, más bien, iniciaría un movimiento de autotrascendencia. Sin embargo, para los pensadores postmodernos como Jean-François Lyotard, Jacques Derrida o Michel Foucault, el postmodernismo aparece como un movimiento de deslegitimación de la razón moderna, pues la ruptura con la razón totalizante representa el adios a las grandes narraciones y el rechazo de las formas futuristas de pensamiento totalizante. Esto implica la negación del sentido y del concepto de representación tradicional, es decir, la negación del sujeto como fundamento constituyente del sentido o, en otras palabras, la idea de que el sujeto con sus representaciones e intenciones es la fuente del significado. Por lo tanto, la racionalidad en la postmodernidad ya no busca refugio en la teoría de los signos lingüísticos, en la que el usuario de los signos es dueño y señor del significado al asignar a un término un significado ya dado. Con esta negación, cuyo primer exponente fue Ludwig Wittgenstein, se introduce una nueva crítica a la filosofía del lenguaje, incorporando una nueva forma de escepticismo que destruye al sujeto como autor de la asignación de significado. De esta manera, las relaciones de significado se reducen, como afirma Lyotard, a juegos de lenguaje. Pero, juegos que representan formas de vida, conjuntos de actividades lingüísticas, instituciones culturales, prácticas políticas y sociales, etc. que encarnan una multiplicidad heterogénea de significados, donde los conceptos se relacionan entre sí formando un contínuo variable de resonancias y modulaciones en constante movimiento y cambio. Esto indica la existencia de una práctica intersubjetiva cuyo modelo cognoscitivo es el resultado de la afirmación de las diferencias, del respeto cultural y, en definitiva, del diálogo no distorsionado entre las diversas culturas. Lyotard, desde esta perspectiva, negando la validez de la razón estratégica en la que se ha sumido la modernidad, llega a la conclusión de que las posibilidades no realizadas de la modernidad siguen vigentes en su pluralismo y diferencias. La postmodernidad, en este caso, no representa ya la muerte de la modernidad, sino su continuación aún no concluida. Desde esta óptica, el pensamiento postmoderno no impugna las finalidades de la cultura moderna, sino los métodos empleados por ella para su consecución. Pero entonces no podemos soslayar que lo que el pensamiento postmoderno echa en cara a la modernidad es que haya olvidado el pluralismo que le es constituyente al formular narraciones en las que el sentido ha quedado cancelado en una unidad cerrada. Han sido los propios elementos de la modernidad (subjetividad, progreso histórico, universalidad del lenguaje, etc.) los que han llevado a determinar la dialéctica de la postmodernidad: los juegos de lenguaje, la afirmación de las diferencias y, en definitiva, el fin del sujeto, de la historia y de la razón totalizante.
Ahora bien, las implicaciones de la disolución del sujeto como autor y juez del significado da origen a la construcción de los conceptos y las posibilidades de autoafirmación individual a través del respeto de las diferencias que constituye a las diversas individualidades. Así pues, la postmodernidad inaugura el pensamiento que, huyendo de la universalidad, opera en términos de racionalidad abierta; es decir, en términos de racionalidades particulares ontológicas y en clara armonía con el modelo de sociedad que nos asiste. Pues, al pensar la postmodernidad como la lógica cultural del capitalismo tardío, irremediablemente, la racionalidad moderna se resquebraja y disuelve bajo la acción corrosiva del mercantilismo imperante en las sociedades capitalistas. Todo se convierte en artículo de consumo, incluso el significado, la verdad y el conocimiento. Y con ello, los ideales universales de la modernidad ceden su lugar a múltiples y fluctuantes voces, desvaneciendose la esperanza de atenerse a una forma de racionalidad unificada. Por lo tanto, si aceptamos la postmodernidad como crítica de la racionalidad moderna y como nueva forma de encaminar el pensamiento filosófico, político y social, debemos adoptar un tipo de racionalidad intersubjetiva y múltiple, basada en el respeto y afirmación de las diferencias y, en suma, en el diálogo de las culturas, pues, la quiebra del universalismo lingüístico desvela la pluralidad de los lenguajes particulares que acampan tras las diferentes culturas. Tal pluralidad pone en cuestión la universalidad de sentido y disloca, con ello, sus referentes históricos conceptuales destruyendo los pretendidos procesos de objetivación de la razón moderna y su unidireccionalidad hermenéutica. Esto quiere decir que la razón tiene que contar con un mundo no unitario, sino diferenciado en el que la fragmentación del sentido y de los lenguajes que lo soportan constituyen lo dado, lo existente o lo devenido. Y como lo dado son los mundos de las diferentes culturas, entonces el modelo de racionalidad que debemos adoptar es aquel que mejor refleje la realidad contemporánea, esto es, el que reune los valores de respeto y diálogo sin condiciones y sin exclusiones arbitrarias hacia las diversas culturas.
Lecturas recomendadas:
Derrida, J.: La diseminación
Derrida, J.: La escritura y la diferencia
Jameson, F.: Teoría de la postmodernidad
Lyon, D.: Postmodernidad
Lyotard, J-F.: La condición postmoderna
Picó, J.: Modernidad y postmodernidad




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