martes, 23 de noviembre de 2010

HACIA UN MODELO DE RACIONALIDAD PRAGMÁTICA

Con este artículo me propongo explorar un modelo de racionalidad dialógica acorde con la contemporaneidad postmoderna propia del nuevo siglo. Tal modelo, bien puede ser un modelo de racionalidad pragmática en el que el valor referencial de los enunciados cede el paso a las intenciones del hablante; en este sentido, la semántica no concierne ya al valor de verdad de los enunciados, sino más bien a su valor argumentativo. Esto implica el uso de un modelo de racionalidad, no ya universalista basada en la absolutización y atrincheramiento de los significados, sino de un tipo de racionalidad que utiliza una red o conjunto de secuencias discursivas cuya fuerza de convicción se apoya en el grado de relevancia de las proposiciones. Con este nuevo concepto de racionalidad, no cabe duda, sentimos la necesidad imperiosa de formular la cuestión de si es posible, y si lo es en qué medida lo es, describir los valores de verdad, en base a un principio de fuerza argumentativa o de relevancia, como valores derivados pragmáticamente de la construcción discursiva y con capacidad de suministrar modelos de diálogo válidos en los diferentes escenarios culturales; o si por el contrario, en el supuesto caso de que no fuera posible articular unos criterios interculturales de verdad, entonces nos veríamos abocados a contemplar un escenario de múltiples racionalidades autárquicas, en el que cada cultura haría gala de una racionalidad propia, autosuficiente, encerrada en sí misma y sin posiblidad de diálogo con el resto de las culturas.

El modelo de racionalidad pragmática en el que se apoya la teoría de la argumentación de Jean-Claude Anscombre y Oswald Ducrot trata el sentido de los enunciados desde una perspectiva polisémica, es decir, no minusvalora ninguno de los diversos significados que pueden tener los enunciados, pues considera que la objetividad monosémica de la enunciación es pura ilusión y otorga, en consecuencia, una prioridad absoluta a la subjetividad del hablante. En esta teoría, el sentido de los enunciados se concibe como una reconstrucción semántica realizada a través de una especie de diálogo entre diferentes voces o puntos de vista que el locutor tiene la responsabilidad de descubrir. Bajo esta concepción, el sentido de los enunciados se presenta como la cristalización de distintos puntos de vista introducidos por el hablante. De aquí se deduce que detrás de cada enunciado no habría solo una persona hablando, sino una multiplicidad de ellas, con lo cual se rompe con la idea de la unicidad del sujeto hablante. Otra consecuencia de esta teoría es que la enunciación es entendida como una instancia autorreferencial y reflexiva, es decir, que la verdad o falsedad de los enunciados ya no se remite a una materialidad externa, sino a la propia argumentación discursiva. Por tanto, por el hecho de remitir a sí misma, queda anulada la función veritativa de la enunciación y el aspecto informativo de los enunciados tiene entonces un carácter derivado de los elementos argumentativos precedentes.
Esta teoría de argumentación pragmática, frente a la teoría tradicional de la argumentación, concibe la relación de implicación como una relación de orden lingüístico donde el movimiento argumentativo se encuentra determinado por la lengua. En una primera fase, la argumentación se concibe como una relación lógica de enunciados donde se concatenan dos segmentos de discurso: uno, el argumento y, otro, la conclusión (forma estándar de la argumentación). La segunda fase establece una teoría del topos; según esta teoría, el topos vincula el argumento a la conclusión, siendo éste el garante que asegura el trayecto argumentativo. Ahora , la argumentación ya no reside en la fuerza veritativa de los enunciados, sino en la fuerza con que los enunciadores convocan al topos. De esta manera, los encadenamientos argumentativos determinan semánticamente al argumento creando con ello una representación del referente. Por tanto, los principios que rigen los encadenamientos argumentativos dependen esencialmente de la propia estructura lingüística de las oraciones, y no sólo de su contenido. En consecuencia, esta teoría se propone como objetivo el análisis de las influencias y determinaciones derivadas de los encadenamientos lingüísticos que van a conformar la interpretación de los enunciados. Lo importante, nos viene a decir esta teoría, no es tanto los contenidos informacionales de los enunciados como la forma de la argumentación discursiva.
Así pues, Anscombre y Ducrot formulan una teoría de la argumentación en la que diferentes argumentos, en función de su fuerza argumentativa, se relacionan formando clases argumentativas. Estas clases argumentativas, al poseer diferentes grados de fuerza, se organizan formando escalas argumentativas. De esta manera, se genera un tipo de lógica propia que evalúa las relaciones entre los contenidos proposicionales de un modo distinto a la lógica clásica. Este nuevo tipo de racionalidad discursiva entiende la relación de implicación de forma diferente a la implicación lógica tradicional, pues su validez se fundamenta sólo en elementos discursivos, es decir su fuerza argumentativa es la del propio discurso y no la de sus elementos referenciales. Para Ducrot, la lógica argumentativa se fundamenta en la conjunción de escalas argumentativas y de tópicos, siendo estos últimos, las reglas generales del razonamiento que establecen correspondencias entre dos o más escalas argumentativas. Así, los topoi se presentan como reglas generales, aceptadas por el sentido común de una comunidad lingüística, que funcionan como principios fundamentales en la regulación de las relaciones argumentativas del discurso racional.
Ahora bien, la teoría de Anscombre y Ducrot sólo se ocupa de aquello que deriva de las propiedades internas del sistema lingüístico soslayando, con ello, los elementos contextuales. Por tanto, no responde a una correcta interpretación de un modelo idóneo de argumentación racional, pues todo discurso racional viene determinado, no sólo por los elementos lingüísticos del sistema, sino también por otros elementos que dependen del contexto en el que se inscribe dicho discurso. De hecho una correcta interpretación no es posible sin tener en cuenta los mencionados elementos contextuales. Este tipo de fisuras, en cambio, no aparecen en la teoría de la relevancia de Dan Sperber y Deirdre Wilson, en la que los elementos situacionales juegan un papel fundamental a la hora de establecer un discurso argumentativo. La teoría de la relevancia se alinea con aquellas teorías que preconizan la idea de que no hay correspondencia biunívoca constante entre las proferencias proposicionales y las interpretaciones concretas de los enunciados. En otras palabras, que no siempre coincide lo expresado por el locutor con lo que quería decir. Ello sugiere la idea de que la representación semántica de las expresiones no designa significados únicos y concretos, sino significados variados y sujetos a condiciones situacionales. Son, precisamente, el entorno y el contexto las instancias portadoras de los elementos necesarios para una correcta interpretación, esto es, para salvar la distancia entre lo dicho y lo que se quiso decir. Esta distancia, según la teoría de Sperber y Wilson, sólo se salva poniendo en marcha complejos mecanismos inferenciales. Esto quiere decir que la argumentación racional no sólo consiste en codificar y descodificar información, sino también en encadenar argumentos discursivos en base a un principio de pertinencia.. Ahora bien, ¿cómo reconstruirá el destinatario el mensaje transmitido, si el principio de pertinencia que posee asigna diferentes grados de verdad a los contenidos del mensaje de los que asigna el principio de pertinencia del emisor?, ¿de qué manera realiza el destinatario este proceso de inferencia?. La inferencia es un proceso que genera un supuesto a partir de otro, pero ¿en base a qué?. Según Sperber y Wilson , cuando la inferencia extraída es la correcta, ello no se debe tanto a la validez de los procesos lógicos que intervienen, sino más bien a lo que al destinatario le parece más relevante. Pues, como afirma M. Victoria Escandell, la comprensión "funciona por medio de razonamientos heurísticos no enteramente falseables: en primer lugar, porque el destinatario no tiene una certeza absoluta sobre la intención comunicativa del emisor, sino que debe construir una hipótesis; en segundo lugar, porque incluso en las mejores condiciones posibles, el destinatario puede no acertar con esa intención comunicativa; y, en tercer lugar, porque incluso habiendo deducido correctamente cuál es la intención comunicativa, puede construir su inferencia sobre unos supuestos equivocados y llegar a una conclusión inadecuada". El proceso de reconstrucción del mensaje que se pretende transmitir, por tanto, tendrá lugar partiendo de la idea de que no todos los supuestos poseen el mismo grado de verdad. Pues, éste depende de la manera en que se ha adquirido el supuesto ( experiencia personal del individuo, transmisión por otras personas, etc.) y en la trazabilidad con que dicho supuesto persiste en la cosmovisión del individuo, ya que, el peso asignado a los supuestos suele variar con el tiempo, las circunstancias y la información que se posee en cada momento al respecto. En este sentido, la nueva información produce un impacto sobre la información que ya poseía el oyente, generando, con ello, una cantidad ingente de efectos cognitivos. Cuando el oyente deriva nuevos supuestos al combinar la nueva información con otras que ya poseía se dice que el efecto cognitivo ha producido implicaciones contextuales. Otros efectos cognitivos pueden ser el reforzamiento o aumento del grado de certeza de unos determinados supuestos o, por el contrario, la eliminación de antiguos supuestos que entran en contradicción con la nueva información.
A la vista de esta nueva noción de argumentación racional, se hace imprescindible la posesión de un lenguaje en sentido cognitivo, es decir, un sistema interno de representación que permite procesar y almacenar información. Pero, aún así nos hacemos la siguiente pregunta: ¿cómo llega el destinatario del discurso argumentativo a hacerse cargo del conjunto de supuestos que el emisor considera pertinentes para la correcta comprensión del discurso?. Según la teoría de la relevancia, lo que el oyente hace es seleccionar la primera interpretación que se le ocurre y combinarla con los supuestos más accesibles en ese momento con la finalidad de derivar la mayor cantidad de efectos contextuales con el mínimo esfuerzo justificable. De esta manera, Sperber y Wilson formulan dos principios básicos sobre la noción de relevancia:
1) Principio cognitivo de relevancia, según el cual, la cognición humana tiende a la maximización de la pertinencia seleccionando y procesando los supuestos que tienen una mayor producción de implicaciones contextuales, refuerzos y eliminaciones con un esfuerzo de razonamiento mínimo.
2) Principio comunicativo de relevancia, según el cual, todo acto de comunicación conlleva la presunción de su propia relevancia óptima.
Estos principios guían al destinatario en la reconstrucción de las intenciones del emisor en todos aquellos aspectos en los que la codificación no proporciona luces específicas sobre las mismas. Pero, además, la presunción de relevancia del segundo principio no sólo ayuda a explicar la interpretación, sino que actúa también como principio organizador de la emisión de enunciados. El emisor, siguiendo el principio de cooperación de Grice, tendrá que seleccionar de entre todos los enunciados posibles aquél que para su interlocutor pueda dar lugar a una mayor cantidad de efectos contextuales con el mínimo coste de pensamiento. El oyente, por tanto, construye la interpretación deseada por el hablante a partir de la proferencia de una serie de enunciados emitidos por éste. Esto supone que el oyente, además de realizar operaciones de descodificación de los enunciados recibidos, debe realizar una serie de cálculos y toma de decisiones racionales a partir de la información que recibe del entorno o que selecciona de su memoria. A partir de esta información y en base al principio de relevancia, el oyente reconstruye, mediante la formulación de hipótesis, las intenciones del emisor respecto al contenido que deseaba transmitir.
A la vista de todo lo expuesto hasta el momento, se puede apreciar cómo el contexto es un factor decisivo en el proceso de interpretación de los enunciados. Ahora bien, ¿cómo se delimita el contexto?, es decir, ante la multiplicidad de elementos situacionales que se presentan en todo proceso comunicativo, tanto para el emisor como para el destinatario, ¿qué elementos debe elegir el oyente para realizar una interpretación correcta?. Según Sperber y Wilson , el contexto nunca viene dado de antemano, sino que el destinatario lo elige en cada momento. Es el oyente el que decide interpretar un elemento contextual como algo que puede ser relevante para la interpretación del enunciado. En base al principio cognitivo de relevancia, el destinatario de un enunciado elige entre su conjunto total de supuestos aquellos que le conducen a la interpretación más relevante posible, es decir aquella que con un coste de procesamiento mínimo produzca la mayor cantidad posible de efectos contextuales. Por tanto, el contexto no viene nunca dado, sino que es elegido por el oyente, guiado por el principio cognitivo de la relevancia.
La relevancia no es una característica intrínseca de las locuciones. Se trata, más bien, de una propiedad que surge de la interacción entre los enunciados y el contexto, esto es, entre las proferencias del hablante y de su particular conjunto de supuestos de una situación concreta. De esta manera, lo que puede ser relevante para alguien, puede no serlo para otra persona, o puede no serlo para él mismo en otro momento dado o en otras circunstancias. Esta propiedad acarrea considerables consecuencias que salen a la luz cuando se analiza el proceso de la comunicación verbal. Ante el discurso ostensivo del hablante, el destinatario pone en marcha, de forma automática, diferentes tipos de procesos, desde la descodificación mecánica del mensaje hasta los procesos inferenciales de desambiguación, asignación de referentes e identificación de las intenciones del locutor. Una parte del contenido del mensaje será explícita, mientras que el resto será implícita; debiendo ésta deducirse, por medio de procesos inferenciales, a partir de supuestos anteriores. Sin embargo, no sólo en la determinación del componente implícito se producen procesos inferenciales, sino que también se presentan en la identificación del contenido explícito. En efecto, esto es debido a que en el proceso de codificación y descodificación de la información los códigos utilizados no son monosémicos, sino que cada código va asociado a diferentes significados. Por ello, el destinatario del mensaje tiene que decidir (proceso inferencial) a qué se está refiriendo el emisor. Por lo tanto, la determinación del material explícito combina procesos de descodificación con otros que infieren a partir de supuestos contextuales. Tales procesos, el destinatario los realiza observando el principio de relevancia.
El fenómeno de la identificación de las implicaturas se presenta más interesante desde el momento en que se constituye el el objetivo principal de la interpretación. Tal tarea, por parte del oyente, no termina una vez que ha recibido las locuciones del hablante. Toda nueva proposición recibida ha de ser integrada con los supuestos que posee el intérprete. Esta integración, a su vez, provoca nuevas implicaciones que, en principio, pueden o no coincidir con la información que deseaba transmitir el hablante, pero cuya coincidencia será mayor en la medida en que el hablante haya observado el principio de cooperación y racionalidad que permitirá al oyente derivar la información que no se haya hecho explícita. Estas nuevas implicaciones y supuestos serán seleccionados por el oyente conforme le resulten más accesibles con el menor esfuerzo de procesamiento. En este sentido, las nuevas implicaciones vendrán determinadas por las situaciones contextuales que abarcan, en palabras de Vicente Cruz, "información obtenida del entorno físico inmediato, de locuciones previas o de cualquier pieza de información que el individuo posea y que haga intervenir en el proceso. En cada momento, unos supuestos serán más accesibles que otros". En consecuencia, las situaciones contextuales posibles se van incrementando ante las sucesivas ampliaciones del contexto. En este sentido, la memoria enciclopédica del individuo, organizada en proposiciones y esquemas de supuestos que permiten a su vez el acceso a nueva información, podría estar sometida a un proceso de expansión ilimitado. No obstante, este proceso, al estar regulado por el principio de relevancia, cesa en el momento en que el oyente ha satisfecho sus expectativas de relevancia óptima, esto es, cuando el destinatario ha escogido la interpretación que le ha resultado más accesible.
Ahora bien, si, por un lado, el oyente se rige por el principio comunicativo de relevancia en los procesos interpretativos, y, por otro, el hablante observa el principio de cooperación de Grice, ¿no sería más relevante y menos expuesto a malentendidos el expresar explícitamente el contenido que se pretende comunicar? Tal vez sí, sin embargo, debido a la riqueza del lenguaje y a la capacidad racional que poseen los interlocutores, el emisor aprovecha estas características para comunicarse con el mínimo esfuerzo, esto es, explicitando una pequeña cantidad de información y dejando el resto implícita, confiando con ello en la capacidad racional de reconstrucción por parte del destinatario. Por otro lado, como afirma M. Victoria Escandell: "la interpretación que se logra resulta mucho más rica que la que se obtendría simplemente con una respuesta totalmente directa. En este sentido, la relevancia aumenta, porque procesando un solo enunciado se hace manifiesta una gran cantidad de supuestos. La fuerza con que el emisor sostiene tales supuestos es muy alta para las premisas y conclusiones implicadas, y muy baja para los contenidos insinuados, lo cual le proporciona, de paso, un buen sistema para inducir al otro a tomar en consideración dichos supuestos sin que se le pueda imputar apenas ninguna responsabilidad sobre ellos". Es, por tanto, la capacidad heurística de generar implicaturas la que justifica la observación del principio de relevancia que trae consigo el enriquecimiento del proceso de comunicación. De esta manera, cuanto mayor es el número de implicaturas transmitidas en un enunciado, mayor será la acción del principio de relevancia en el proceso de interpretación del oyente.
Juan Mª de las Heras,
Septiembre de 2001

Lecturas recomendadas:
Anscombre, J-C y Ducrot, O.: La argumentación en la lengua.
Escandell Vidal, M.V.: Introducción a la pragmática.
Sperber, D. y Wilson, D.: La relevancia.
Vicente Cruz, B.: La teoría de la pertinencia

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